Ayer conduje varias horas en
carretera y como siempre te pones a ordenar tu cabeza y te evades. Se que no
debería de hacerlo, se que es peligroso, pero cuando llevas a un adolescente de copiloto aislado del
mundo con unos cascos. Otro par de adolescentes
en la fila de atrás en idénticas condiciones y unos pequeñajos dormidos o enfrascados en una película, te relajas y te
pones a pensar.
Primero piensas en como organizar la
llegada, las maletas y que les vas a dar de cenar. Luego cruzas los dedos para
que este tiempo de tranquilidad de tu furgoneta dure lo máximo posible, conoces
de sobra la siguiente fase de todos se pelean, quieren la Tablet del otro, la
pequeña no para de preguntar cuanto falta y el ambiente del coche puede ser
insoportable. Hay que intentar evitar esa situación, es agotadora y estrenaste.
Una vez que asumes que además aparecerán deberes desconocidos, que la
mitad están incompletos o mal hechos, y que estas vacaciones hemos pasado
de todo lo que guarda relación con el colegio, la culpa es esencialmente mía, estaba
agotada de tanto colegio. Claro que si yo estaba así, como estarían mis hijos
de cansados y sobrepasados del colegio. Da igual un día como voy valen las trampas, si hace falta hago los
deberes que sean con tal de salir del paso. Jamás pensé que yo iba a decir
esto o lo que es peor a hacerlo, pero si así es, esto es un efecto colateral de la dislexia, eres capaz
de hacer tu misma las trampas.
Ahora volvemos a la realidad, a la realidad de que estamos en Mayo. La mitad de las madres con niños con dislexia estamos
muertas de miedo, nos jugamos todo.
Vamos a los finales con una colección de
suspensos, de evaluaciones sin recuperar, de exámenes aprobados con un cinco
raspón y de profesores que creen que mereces repetir. Digo mereces pues si repite mi hijo, repito yo. Repito
yo, pues estoy haciendo el colegio en
paralelo junto con él, cada examen me lo preparo, me lo estudio y menos
sentarme a examinar por él, todo lo demás lo vivimos intensamente madre e hijo.
Nos fuimos de vacaciones con la moral tocada por los suspensos, por las odiosas notas
que son una pesadilla. Encima ves como el tutor no cree en tu hijo, encima ves como te insinúan si lo correcto es
que repita y encima te hacen dudar a ti. No sabes que hacer, estás agotada
y deseas que pase mayo y junio. Que pase esta temporada y que llegue el verano.
Así viví yo mi vuelta de vacaciones el año pasado. Este año he tenido la suerte
de un buen tutor, de que creen en mi
hijo y de que en principio todo va a ir bien. Pero llevamos algún suspenso,
tenemos finales y nos queda el gran reto, el broche final a esta pesadilla
la Selectividad!!!!!. Horror! Pánico
escénico!
Así estoy, que quiero aparentar tranquilidad, que todo es normal e
igual que siempre, pero la realidad es
que solo de pensar en los finales de mi hijo se me saltan las lágrimas. ¿Tanto esfuerzo se verá recompensado?
Miro para atrás y pienso todo lo que hemos hecho desde que tenía cinco años y
pareció la palabra dislexia en
nuestras vidas, y solo de pensarlo me canso yo misma. Todo ese entusiasmo, esas ganas de salir, ese luchar
contra todo, ¿se verá recompensado? Esas tardes yendo y viniendo al logopeda,
al psicomotricista, recitando las tablas en el coche una y mil veces, haciendo
infinidad de esquemas, buscando trucos y animándole cada tarde a no tirar la
toalla. Ahora me encuentro en la final de su gran slam, ¿que pasará? ¿ quien nos corregirá?
Intentas no presionar a tu hijo, intentas pensar en las cosas buenas. Por lo
menos repetir no va a repetir, en
todo caso irá a septiembre. Quieres buscar consuelo en la peor de las opciones
y si comparo con el curso pasado estoy en un sueño. Hubiese dado mi mano por
encontrarme en la situación que estoy. Ahora me alegro del cambio de colegio, me alegro de dejarme guiar por mi instinto y de
luchar contra todo pronostico. Me alegro de haber creído en mi hijo y de haber apostado por él. ¿Pero que pasará este
mayo? Por mucho que quiera consolarme con la peor de las opciones, en verdad me
estoy mintiendo a mi misma. Quiero que
gane, quiero que apruebe y quiero que entre en la carrera que quiere en la
universidad. Quiero que lo haga en Junio, como el resto de sus compañeros.
Quiero que su esfuerzo se vea recompensado, que se sienta el “rey del mambo”,
triunfador y capaz de hacer lo que se proponga. Sería un premio a toda su
corta vida y sería una dosis extra de
autoestima. Una compensación por toda la que le han quitado a lo largo de su
infancia. Sería una recompensa al acoso que ha sufrido por parte de profesores,
que le trataron con malas formas, que tantas veces lo humillaron leyendo sus
notas en alto, que lo consideraron vago, disperso e inmaduro.
¡Ojalá! Lo consiga. ¡Ojalá! Yo sea capaz de dominar mis nervios e inquietudes
y transmitir a mi hijo la seguridad y el apoyo que necesita. Ese es mi gran
reto de este mes. Con un hijo a punto de
cumplir los dieciocho poco puedes hacer más que dejar que tome las riendas de
su vida, observar desde la barrera por si te pide ayuda y cruzar los dedos para
que todo le salga bien.
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