Como ya es de sobra sabido no hay dos disléxicos iguales, cada uno es genuino en su forma. Incluso cuando se trata de hermanos del mismo padre y de la misma madre, que van al mismo colegio, que reciben una educación aparentemente igual y que se llevan muy poco tiempo entre ellos. A lo largo de este blog os he ido contando mis experiencias con la dislexia, sobre todo centrándome en mi hijo el mayor, Fernando, que tiene un grado bastante severo de dislexia y es con quien descubrí este mundo. Más tarde diagnosticaron a mi tercer hijo Pelayo, era un caso distinto pero muy de manual, presentaba una sintomatología muy típica de la dislexia. Entre medio de ellos dos está mi hija Ana. En ella nunca mejor dicho la dislexia se escondió, se camufló y tardamos en verlo. Aun hoy en día con claros síntomas de dislexia, con un certificado del pedagogo acreditando la dislexia, debemos de ir no solo diciendo, sino convenciendo a todos sus profesores que es disléxica. Su dislexia está latente, pero muy bien camuflada.
Ana, al contrario que sus hermanos, desde muy pequeña hablo sin dificultad. Pronunciaba bien y es más con tres años rompió a hablar en su segundo idioma de una forma espectacular. Desde pequeña fue capaz de pasar de un idioma a otro, del español al francés sin ningún problema. Su estructura del discurso era buena, su vocabulario también. En el colegio aprendió a leer sin dificultad como el resto de su clase y aparentemente no tenía problemas. Pero como todo lo que se esconde tarde o temprano se encuentra, así paso con su dislexia. En segundo de primaria, empezó a tener problemas con las figuras simétricas. Era una cosa que a primera vista parecía sencillo, pero a ella se le hacia un mundo. No había manera de verlo. Lo que pintaba no tenía nada que ver. Estaba claro que su espacialidad no iba en el camino correcto. Pero bueno, hay quien tiene dificultades con la simetría y no por ello es disléxico. El segundo aviso vino en un examen de matemáticas. No era capaz de hacer los problemas de matemáticas. No comprendía que se le pedía. Cuando le explicábamos el enunciado en un minuto lo resolvía, pero era incapaz de hacerlo sola. La segunda dificultad venía en redactar una frase donde dijese que le quedaban tres manzanas o lo que fuese la solución del problema. Además en los exámenes, bajo presión escribía infinidad de números en espejo, al revés. La profesora me llamó, viendo sus exámenes se veía un claro desnivel o desajuste en sus capacidades. Lo peor en Ana es que ella sufría, no le gustaba hacer mal las cosas. Es muy responsable. Así pues una vez más, concertamos cita con el logopeda y que la evaluase. Efectivamente era disléxica, necesitaba terapia. Y vuelta a empezar, íbamos ya por el tercer hijo disléxico en nuestra casa.

