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05 mayo 2013

La dislexia: un camino lleno de sorpresas por recorrer.





Este fin de semana en Madrid hemos tenido puentazo y como tantas otras familias hicimos bocadillos, maletas, cogimos todos los deberes, más de los que pretendíamos hacer , coche, carretera y atasco. Que decir que en estos días mis hijos han estudiado poco y yo diría que algunos nada. Nos hemos vuelto un día antes con la disculpa de no pillar atasco, pero en verdad era para que se centrasen y estudiasen. Aquí estoy escribiendo, mientras mi marido me hace el relevo, explicándole a mi hija los números decimales y las medidas. Contando todo aquello que me pasa por la cabeza.

  Mientras venía ayer por la noche conduciendo pensaba en la reunión que tuve la semana pasada. Tuve la suerte de conocer  y hablar un buen rato con gente que lleva toda una vida dedicada a facilitar la vida a los disléxicos, me encantó. Eran los de DISFAM, no nos conocíamos de nada pero en un minuto empezamos a hablar de la dislexia, de nuestras vidas, de nuestras dificultades y de todo en general. Conectamos al minuto, que duda cabe que cuando uno tiene ganas de ayudar, tiene empatía y sensibilidad todo es más fácil. Fue una reunión que me ha hecho pensar mucho. Una de las cosas que me llamó la atención fue ver como les sorprendía que en mi balanza, la mayoría de mis experiencias son positivas respecto a la dislexia, y que por lo visto no es normal encontrar tanto optimismo. Pensando en la carretera, en el porque a la gente les choca nuestro optimismo, no sabría decir el motivo. Pero tras mucho pensar creo que se resume a algo tan sencillo como haber encontrado gente con muchas ganas de ayudar. Hemos tenido la suerte de tener gente mucho más dispuesta a ayudar que gente decidida a fastidiar o incordiar. Con ello no quiero decir que todo haya sido fácil, no todo lo contrario, ha sido y sigue siendo difícil, pero si pusiese todo en una balanza obtendría más positivo que negativo.

  Pensando en ese largo camino que llevamos recorrido me vienen a la memoria caras de muchos profesores, me vienen la cara de amigos de mis hijos que nos han pasado tantos apuntes, madres que nos hemos hecho amigas tras contarnos en la puerta del colegio los innumerables agobios, y sobre todo los pedagogos y logopedas de mis hijos. Hay dos personas esenciales Irene y Daniel, han sido ellos los que me han enseñado a descubrir la dislexia, a saber valorar lo bueno y a luchar contra las adversidades. Antoine un profesor que todos mis hijos han tenido, que me ayuda a creer en ellos, cuando creo que no hay nada en que creer. Han sido muchos años de terapias, incluso a veces cuatro horas semanales. Muchas horas de coche, de ir y venir, de prisas y de stress. Todo ha sido una aventura que a veces se convierte en un reto. Un camino con muchos baches. Un bache aprender el alfabeto, luego leer, luego entender lo que leemos, luego organizar la dichosa agenda, acordarnos de meter todos los libros en la mochila, luego las figuras simétricas, la historia y que decir la geometría. Encima cuando crees que sales del tramo difícil del camino te encuentras con socabones en la carretera, te piden que escribas textos, descripciones, narraciones, que leas libros interminables y que los comentes. A ello le sumas las tutorías, el contar tu vida y la de tus hijos, el convencerles que merece la pena luchar por tu hijo, que es inteligente y que por favor no me lo deje tirado en un lado del camino. Luchas para que no sea una cifra más de las que engrosan el fracaso escolar en las estadísticas. Todo ello mientras sigues el camino de su educación, de su formación y encima cuando crees que más o menos lo controlas, llega la adolescencia, las dichosas hormonas, la rebeldía, el móvil y todo ello es un suma y sigue. Ves que ese camino que creías que era cuesta arriba, que era difícil, no es nada comparado con el tramo final. En esta parte del camino hay veces que crees que toda tu energía, tu optimismo y ganas de luchar desaparecen, que no tienes gasolina para seguir. Pero no, sigues y ves que tienes que convencer al colegio, no solo de que te ayude,no, les pides más, les pides que sean capaces de separar del saco y sean capaces de ver a tu hijo disléxico de tu hijo adolescente, y que te sigan ayudando. Este está siendo mi gran reto este año. Todavía me encuentro en pleno bache.

  Por eso insisto que es un camino de sorpresas, pues yo este curso no salgo de una para meterme en otra. Esta siendo agotador, pero por suerte seguimos luchando. Mi marido y yo tenemos el mismo punto de vista en lo que a la educación de nuestros hijos respecta, eso ayuda mucho, nos sirve para apoyarnos y reírnos en los momentos de desesperación. En medio de ese camino caótico, te encuentras con gente buena. La profesora de mi hija que en sus notas hizo un comentario poco afortunado, se sentó conmigo a hacer tutoría, fue capaz de apostar por mi hija, de creer en ella y de ver lo bueno que tiene. Con actitudes así de positivas, donde uno es capaz de escuchar a los padres, donde es capaz de ver más allá de los dichosos exámenes, hace que se nos olvide todo lo malo que hubiese podido causarte por desconocimiento de la dislexia. Al contrario estas tan deseosa de que te ayuden, que les informas de todo lo que sabes y encima cuando sales por la puerta le das mil veces las gracias. En el fondo solo buscamos una cosa y es que nos ayuden a educar a nuestros hijos con cariño y sin hacerles daño.

  Por eso como leí el otro día " vivir es acordarse de olvidar". Para nosotros es esencial olvidar, de lo contrario no seríamos capaces de vivir el largo camino de la dislexia.Es importante que nuestros hijos vivan sin memoria de lo malo, del agobio, del stress. Tienen que tener confianza en si mismos, en sus posibilidades y en su potencial. Tienen que ser capaces de realizarse como personas, de diseñar su futuro y de ser felices. Por eso tenemos que ser optimistas, reírnos y seguir andando. Cada vez que os toque un profesor de los " no deseables" pensar que : "un enemigo es un amigo que necesita ayuda. Si lo ayudamos , ganaremos dos cosas otra persona feliz y un amigo más".(J.Sanllorente). Somos más listos que ellos y por el bien de nuestros hijos debemos intentar que se conviertan en "amigos" o si suena demasiado ilusorio, en "colaboradores" nuestros. Pues si conseguimos que el profesor esté feliz en el aula con nuestros hijos, hará que los interminables días escolares se conviertan en días más cortos, felices y llevaderos para nuestros hijos. Se que a veces es una utopía y que no siempre ocurre. Os lo digo yo, que llevo un curso con uno de mis hijos que por más que lo he intentado, ha sido un fracaso, los profesores no deseables siguen siéndolos, y yo soy incapaz de convertirlos en amigos. Pero como yo tengo que seguir andando  y este camino está lleno de sorpresas puede que lo consiga al final de curso. Aunque permitidme un poco de pesimismo, no lo creo, pero por intentarlo que no quede.... 


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