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04 abril 2013

Y vinieron más… disléxicos

       



 Poco a poco os he ido contando como fuimos descubriendo la dislexia en mis tres primeros hijos. Como ya me habían ido avanzando los pedagogos lo normal es que con tres en casa, aparecieran más casos, y así fue vino mi hija la cuarta, María. En este caso la dislexia no apareció de forma extraña, ni camuflada, ni de forma tardía o diferente, apareció de manera tan descarada, que hasta los no especialistas lo veían de lejos. Era obvio María tenía dislexia y necesitaba ayuda.

La variedad que presentaba frente al resto de mis hijos era su carácter, su forma de ser. El resto son niños bastante tranquilos, esta es pura dinamita. La concentración es algo que no le acompaña, me gusta más pensar que en vez de déficit de atención tiene dificultad en concentrarse. Se que es lo mismo, pero al decirlo de otra manera, a mi me parece que es más fácil de corregir. Tonterías, pero me ayuda a llevarlo mejor. Una vez que le diagnosticaron la dislexia, la profesora me pidió que le evaluasen el déficit de atención Como es comprensible siendo la cuarta y llevando tantos niños a terapia, tantos años, establecí una relación personal con los pedagogos y logopedas que llevaban a mis hijos. El resultado de las pruebas fue que estaba en el límite, la pedagoga me preguntó que qué me interesaba más que me la diagnosticase con déficit de atención o sin él. Estaba justo en la frontera. Tras pensarlo detenidamente, creí que bastante llena estaba su maleta con la dislexia  y todo lo que conlleva para añadirle más peso con otro diagnóstico, digamos “negativo”. Otro handicap en su expediente, en función del profesor que nos toque nos puede ayudar o machacar, basándose en su falta de atención.

Definitivamente preferí que no fuese etiquetada con déficit de atención. Bastante teníamos encima, como para tener que dar más explicaciones en las tutorías.

Tengo que añadir que mi hija estaba en primero de primaria  con una profesora que no ayudaba mucho, que la tenía de manera continua castigada en el despacho de la directora. Se suponía que teníamos que empezar  a leer y consiguió bloquear tanto a mi hija que ni siquiera era capaz de recordar el alfabeto que sí se había aprendido el curso pasado. Tanto la estresó, tanto la alteró, que consiguió que María desconectase completamente de la clase. Como ella es así de genuina, consiguió buscarse su propia técnica de evasión, iba a clase y desconectaba .Cuando  ya no podía más se alteraba, molestaba y conseguía que la castigasen al despacho de la directora y la mandasen a otra clase. María estaba encantada, había conseguido su objetivo no tener que aguantar a su profesora. Me acuerdo que su hermano Pelayo, que justo va por encima de ella, una tarde merendando le preguntó que si no le daba vergüenza estar todo el día de clase en clase castigada. Ella contestó tan tranquila, como si nada, que no pasaba nada, que prefería pasar un poco de vergüenza y no estar en su clase. Increíble, pero cierto una pequeñaja de seis años, había buscado su propia solución para sobrellevar el curso, su modo de evasión. A mi me entró la risa, me di la vuelta para que no me viese, y pensé que tendría dificultades pero que era mucha más viva que su profesora. Definitivamente la batalla la había ganado María.

Eso no quita, para que el problema en casa fuera serio. María llegaba muy alterada, estaba nerviosa, y por supuesto académicamente totalmente perdida. No traía los deberes, los libros y cuadernos eran inexistentes, y cuando había que firmar los controles estaban en blanco. Ni siquiera ponía su nombre. Gracias a la experiencia adquirida con mis otros hijos, vi que no podíamos esperar a terminar con la psicomotricidad, había que empezar a tope con lectoescritura. Ello suponía un reto, otra vez un hijo mío con cuatro horas semanales de terapia. Ello junto las terapias de sus hermanos, el ir y venir de colegio, deberes, etc…Gracias a la ayuda de mi madre, a mis amigas del colegio, a una estrategia de turnos y a que el colegio, aun teniendo esta profesora poco colaboradora, me facilitaba el sacar a mi hija a distintas horas, conseguimos cuadrar todo. Daniel el logopeda, se puso a ello y la maquinaria empezó a funcionar. Maria empezó a leer.

Lo mejor una vez más, es que la profesora al ver los progresos, por supuesto se adjudicó ella los triunfos. Sin darse cuenta que ella no formó parte del equipo. Pero como siempre, vas a tutoría, sonríes, le explicas que es la dislexia, el trabajo que haces en paralelo y esperas que la próxima vez que esta profesora tenga un niño disléxico en su clase, sea más receptiva y tenga más empatía. Tengo que decir, que esta hija mía es la más insegura de todos, la que tiene la autoestima un poco baja, y que siempre me pregunto si esta profesora acentuó todo ello. No lo se, por suerte se fue del colegio. María pasó de curso, sigue siendo muy nerviosa pero es una niña sonriente. Sabe leer, es muy creativa y no sabeis como toca el piano. Si es capaz de tocar durante media hora el piano, sin que nadie se lo diga. Si es capaz de concentrarse, significa que su concentración tiene que trabajarla, pero seguro que lo conseguimos. Es cuestión de tiempo y mucha paciencia.


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