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05 abril 2013

Eres disléxico, no te avergüences





  Este curso mi hijo de dieciséis años decidió cambiarse de colegio para hacer bachillerato. En septiembre su preocupación era integrarse bien en el nuevo colegio, hacer nuevos amigos y ser igual al resto. Pasar desapercibido, que nadie supiese de su dislexia, ser como el resto. Fui  al colegio a informar de la dislexia de mi hijo. Todo a escondidas, él no quería, quería que nadie supiese nada, quería pasar desapercibido. Tenía miedo a integrarse peor en el grupo  si se sabía lo de su dislexia. Visto desde fuera una tontería, visto desde los ojos de un niño de dieciséis años, adolescente y siendo el nuevo, una cuestión de extrema importancia.

  Como os iba diciendo, sus energías se centraron, como cualquier adolescente, en ser aceptado por el nuevo grupo de amigos. Los estudios pasaron a un segundo plano, su rendimiento escolar era muy bajo. Es un niño muy fácil y se integró sin problemas en el nuevo colegio. Hizo sus amigos, se integró a las mil maravillas y en contrapartida los suspensos llegaron. Como todos los años, mis hijos tardan en arrancar el curso. Son niños que les cuesta volver a coger el ritmo, este curso le costó más. A finales de noviembre, se puso las pilas y verdaderamente empezó a estudiar.

  Es un colegio que tiene muchas cosas buenas pero otras tantas malas, en lo que a dislexia, comunicación entre profesores, comunicación con los padres etc. Están un poco atrasados. Después de las vacaciones de navidades, fui al colegio para ver si ellos percibían el cambio en mi hijo. Si su esfuerzo se estaba reflejando en sus resultados y los profesores lo valoraban. Cual fue mi sorpresa que nada de nada, la tutoría fue desastrosa, nadie me daba información reciente y mi sensación era que nadie sabía nada de la dislexia de mi hijo. Del alcance que tenía y como le afectaba. Tenía que buscar una forma de llegar a cada profesor, de hacerle participe de la dislexia de mi hijo, que conociesen sus dificultades y como ayudarlo. Para ello era indispensable que Fernando se involucrase. Teníamos que buscarnos nuestro propio camino, nuestras propias ayudas.

  Reconozco que llevo un curso bastante desesperada con el colegio, la ayuda es muy escasa. Pero como siempre dentro de todo lo malo, siempre hay algo bueno. Había llegado el momento en que mi hijo tenía que hacerse cargo de su dislexia. Tenía que tomar las riendas y actuar. Era por su bien. Un nuevo paso, un avance en su educación, afrontar su dislexia y saber gestionarla.

  Hablé con él y le hice ver que la dislexia era de por vida, que era algo que no tenía que avergonzarse. Le explique la importancia de que sus profesores supiesen cuanto antes en que consistía la dislexia, como le afectaba y como podían ayudarle. El colegio me ponía muy difícil el acceso a los profesores, todo tenía que ser vía el tutor, y habíamos visto que la comunicación en este colegio era mala y lenta. Era necesario que el informase a sus profesores. Que se hiciese cargo de su dislexia, era un tema suyo. Yo podía ayudarle, pero era él el responsable, el encargado de contarlo y de pedir la ayuda. Era su vida, su educación y su futuro. Tenía que tomar conciencia de ello, de lo importante que es contarlo para que los demás lo sepan y le ayuden. Le explique que en la universidad yo no iba a poder estar detrás de él. Que cuanto antes aprendiese a gestionar su dislexia, mejor. Tenía que aprender a saber informar de ella, a explicar como le afecta y a pedir ayuda. Es su vida y tiene que saber gestionarla. Hasta ahora yo me había encargado de ello, el simplemente tenía que estudiar y hacer la terapia. Pero ahora había crecido y había que empezar a tener autonomía, a tomar decisiones por si mismo.

  Así pues, manos a la obra, el tiempo es oro en el curso escolar de un niño de estas características. Bastante tiempo habíamos perdido ya, estábamos a principio de marzo y la segunda evaluación a punto de terminar. El logopeda nos hizo una nueva evaluación, un informe donde se explicaba la dislexia de mi hijo, su alcance, las adaptaciones curriculares que deberían aplicarle. Fernando leyó el informe, le pedí su opinión. Si se veía reflejado en el, si creía que faltaba o sobraba algo. Lo leyó detenidamente, por primera vez ví a mi  hijo involucrado en su dislexia. Consciente de sus dificultades, sin complejos y sin vergüenzas. No por saber sus dificultades se veía menos capacitado que el resto de sus compañeros, se veía igual de capaz que el resto. Creo que a pesar del stress de curso que llevamos, de los suspensos y de las múltiples adversidades, Fernando ha aprendido una lección importante. Ha aprendido a no avergonzarse de ser disléxico, a decirlo y a asumirlo. Está aprendiendo a gestionar su dislexia, ello le va a ser indispensable en un futuro inmediato, en cuanto entre en la universidad.

  Fernando fue a cada profesor entregándole el informe del logopeda, con una carta nuestra donde les pedimos su ayuda. Todavía no se el resultado que va a tener en los profesores. Las notas de la segunda evaluación nos las dan la semana que viene. Lo que si se es que ciertos profesores no sabían nada de la dislexia de mi hijo. El profesor de dibujo técnico le dijo que desconocía que mi hijo fuese disléxico, que nadie le había dicho nada. Por lo menos algo hemos logrado y es que se de manera certera que todos sus profesores sepan quien es Fernando y que es disléxico. Si quieren o no ayudarnos el tiempo lo dirá.

  Una vez más seguimos batallando con el sistema y la dislexia. Pero esta vez no batallamos solos, mi hijo es parte de la toma de decisiones. Es él el que tiene la última palabra, es su dislexia y es su vida. Tengo que decir que solamente por el hecho de que se haya involucrado y tomado las riendas me siento muy orgullosa de él.

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